Septiembre nos invita a poner sobre la mesa un tema que no debería ser exclusivo de un mes: la salud mental.
Desde mi experiencia como terapeuta en comunicación humana, he aprendido que muchas veces las señales de malestar emocional no aparecen primero como palabras.
En los niños pueden manifestarse como irritabilidad, cambios en el sueño, aislamiento, dificultades para concentrarse, somatizaciones, miedo, enojo constante o una disminución en el interés por actividades que antes disfrutaban.
Por eso, cuidar la salud mental implica aprender a observar más allá de la conducta. No todo es “flojera”, “mala actitud” o “falta de límites”.
A veces, detrás de una conducta hay una emoción que el niño todavía no sabe expresar.
En casa y en la escuela necesitamos construir espacios donde hablar de lo que sentimos sea seguro, donde pedir ayuda no sea motivo de vergüenza y donde los adultos podamos acompañar sin minimizar frases como “no pasa nada” o “hay niños que están peor”.
Prevenir también es escuchar, validar, acompañar y actuar a tiempo.
La salud mental se fortalece desde los vínculos, la comunicación, el juego, la empatía y la posibilidad de sentirse visto y comprendido.
Como profesionales, familias y comunidad, tenemos una responsabilidad compartida: dejar de esperar a que el malestar sea evidente para comenzar a cuidar.
Este Septiembre Amarillo, recordemos que una conversación oportuna, una escucha genuina y una red de apoyo pueden marcar una diferencia.
Cuidar la salud mental también es una forma de educar, amar y acompañar.
